"A nivel emocional, hay dos planteamientos totalmente diferentes ante la vida si tienes dinero o no lo tienes"
El irundarra Rogelio Fernández, profesor de la Universidad de Deusto, atiende a NOTICIAS DE GIPUZKOA para hablar sobre inteligencia emocional, el mundo empresarial y la docencia tras su prejubilación

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Empezando en la empresa familiar, la tan reconocida en Irun Gráficas Rogelio Fernández, terminando como docente en la Universidad de Deusto y pasando por Zara, por la gerencia en el primer Telepizza de Irun o por ser cooperante en Bosnia-Herzegovina durante la guerra de Yugoslavia. La vida de Rogelio Fernández ha estado marcada por la multidisciplinariedad laboral, y ahora disfruta de la prejubilación con un único objetivo: vivir tranquilo y en paz consigo mismo.
¿Qué tal va la recién estrenada prejubilación?
Pues va estupendamente. Estoy muy tranquilo y retomando cosas que antes no podía hacer. Y, sobre todo, también estoy aprovechando para no hacer nada, que también es algo que me gusta mucho.
¿No echa de menos el contacto con el alumnado?
Si soy políticamente correcto debería decir que sí, pero en realidad no. Han sido ya muchos años de de docencia, muy intensos, y he estado muy entregado a ello. Pero han acabado las clases y ya está. También los alumnos han cambiado mucho.
¿Era cada vez más complicado impartir clase?
Son generaciones nuevas que han nacido con redes sociales, o que viven en un entorno de redes sociales, de una hiperestimulación brutal, con inteligencia artificial y con menos seguridad en el futuro. Es decir, son hijos e hijas de su tiempo y hay que entenderlos, y conforme vas cogiendo años, tienes menos ganas de entenderlo.
Le quería empezar preguntando por su trayectoria. Usted empezó en las artes gráficas en una empresa familiar reconocida en Irun. Su nombre no es una casualidad.
¡Claro, Gráficas Rogelio Fernández! Ahí empecé, luego seguí en Jomisa que también era de de la familia, y terminé COU por la noche, porque la adolescencia me pilló un poco ajetreadilla y dejé de estudiar. 20 años más tarde empecé en la Universidad de Deusto, con una prueba para mayores de 25 y en la mejor carrera que podía haber elegido, que era Humanidades y Empresa. Terminé la carrera con honores, me gustaba la docencia, me gustaba también el mundo de la consultoría y, por suerte, me quedé en Deusto.
Podía haber seguido también con las artes gráficas, era una empresa que ya tenía incluso su nombre, pero decidió dar un salto.
Sí. Digamos que yo había sido educado para no trabajar allí. Tengo dos hermanos mayores y el pequeño, que era yo, estaba preparado o destinado a estudiar. Y es lo que hice, un poco tarde, pero es lo que hice.
Ese negocio familiar se recuerda todavía entre muchas generaciones de Irun. Supongo que también será un orgullo para usted.
¡Claro! Yo soy “ITV” (irundarra de toda la vida). Antes de la guerra, en la imprenta editaban el periódico El Bidasoa, y mi aitona era muy conocido. Mi padre fue Campeón de España de atletismo con el Unión Club, en una promoción gloriosa con René Petit. Ahí hay mucha historia. Y luego mi padre fue el secretario del Real Unión Club muchos años. Digamos que las relaciones de mi padre sobre todo con Irún han sido relevantes y conocidas durante mucho tiempo. ¡Y lo de Rogelio es como un estigma!
Después pasó a llevar un departamento grande de Inditex, de más de 100 personas.
¡Queda muy fino lo de departamento de Inditex! Estuve en la sección de caballeros de Zara, de Inditex, en el momento glorioso de la apertura y de gran crecimiento, en la primera tienda en San Sebastián. Abrí la sección de caballero y conocí a Amancio Ortega. Fue una época muy intensa porque a mí siempre me ha gustado muchísimo el mundo de la moda, pero pasados tres años, decidí cambiar de nuevo y me fui a una tienda más pequeña, más exclusiva.
Para conocer a Amancio Ortega supongo que llegó a un nivel alto en la empresa.
No somos amigos, pero sí íbamos a A Coruña, teníamos convenciones en las cuales estaba él, íbamos a cargar los famosos camiones de Zara juntos, él el primero, y fue un momento de explosión y de crecimiento. Me gustó mucho estar ahí.
También estuvo de cooperante en Bosnia-Herzegovina en los 90.
Pues sí, estuve en la Guerra de los Balcanes con el Gobierno Vasco. Estuvimos en Medjugorje, en un centro de peregrinación mariana. Estuve un par de meses viendo una realidad que, evidentemente, no me gustó. Ni la guerra, ni la guerra moderna, ni incluso la cuestión de cooperantes. Ves una realidad compleja desde un punto de vista muy occidental y acomodado, y afrontas una realidad en la cual o te implicas absolutamente, o tienes que ser consciente de que eres una persona occidental y que vives con unas comodidades a las que no quieres renunciar.
¿Y usted se consiguió implicar al 100%?
Sí. Nunca hubiera pensado en cuidar niños, pero me fui a hacerlo. Era una situación muy compleja, porque era una ciudad que funcionaba a nivel turismo con estadounidenses, y los niños estaban refugiados en hoteles. A la guerra se iba en autobús y había mucha droga. Era una cosa muy dura de ver y de convivir con ella. Los niños y niñas estaban absolutamente necesitados, pero tenían una idiosincrasia que a mí me resultaba muy curiosa. Por ejemplo, lo primero que se te ocurre cuando vas a ver a niños es llevarles dulces, pero las personas veteranas de organizaciones humanitarias decían que no se nos ocurriera hacerlo, porque tenían grandes problemas de caries. Es un ejemplo, pero vas contrastando la realidad con lo que presumimos que es, y fue una experiencia dura.
¿Tras ello empezó a estudiar en la Universidad de Deusto?
Hice muchas cosas, fui animador de hotel y estuve trabajando en Irun también, porque fui la persona que abrió el primer Telepizza, el de Lope de Irigoyen. Y allí estuve nueve años. Estando allí, en la empresa que lo llevaba había gente de Irún y digamos que yo era el gerente. Aunque también hacía pizzas como un loco. Estando allí es cuando empecé a preparar el acceso a la universidad para mayores de 25 años y entré en Deusto. Pero la carrera la saqué trabajando en Telepizza.
¿Y por qué Humanidades y Empresa?
Había una chica que estaba trabajando conmigo que la estaba haciendo y me dijo que era una carrera estupenda. Además, a mi edad la parte de humanidades te nutría como persona, y había una parte empresarial que a mí me venía de perlas para el trabajo, y había una parte de habilidades directivas que a mí me fascinaba. Cuando haces la prueba de mayores de 25 para Deusto, la haces para una carrera en concreto. Fui a todas las clases, aunque trabajaba. Tuve la gran suerte de que mis jefes entendieron la situación, era una carrera que aportaba desarrollo a la propia organización, y me integré desde el primer día en una clase en la que doblaba la edad a mis compañeros. Además, me encontré con una carrera muy bien conceptualizada, muy bien liderada y con un profesorado excepcional. Y me encontré también con personas que me abrieron mundos que me han fascinado siempre, como el liderazgo o la ética. Y pasaron luego a ser compañeros y amigos. Disfruté muchísimo.
Se quedó como profesor en la Universidad de Deusto. No sé si esperaba acabar en la docencia.
No, porque yo no empecé la carrera para mejorar en nada. Tenía un buen trabajo y estaba a gusto, pero me picó la curiosidad. Siempre me había gustado la docencia. Me quedé en los cursos de doctorado, y me cogí una excedencia. Me fui a viajar un poco por el mundo, por Australia, por Tailandia y demás para mejorar el inglés. Me ofrecieron las primeras clases en Deusto y me quedé. Hasta hoy.
Siempre ha impartido asignaturas ligadas a lo empresarial y a la inteligencia emocional. Usted ha sido profesor mío, y apostaría a que le gustaba más la segunda vertiente.
¡Qué va! A mí la empresa me apasiona. Una empresa muy concreta, muy ética, muy responsable y muy fundamentada en valores. Una empresa en la que no cree casi nadie, pero algunos sí lo hacemos. Yo siempre había trabajado en organizaciones grandes, y la parte empresarial me apasiona, pero también esa otra vertiente de estudio del cerebro, y de entender cómo funcionan las personas, que son elemento fundamental de cualquier organización. Conseguí una mezcla más que interesante en la que yo me movía muy bien.
¿Qué es lo que más le gustaba de la docencia?
El desarrollo de las personas y liderar equipos, que al final es una sensación que solamente los docentes entendemos. Ese momento cuando abres una puerta de un aula, la cierras y ves todas las personas que tienes delante y dices “son míos y mías", eso es especial. A estas personas hay no solamente que enseñarles, también transformarlas un poco. Están en una época en la que se están haciendo adultos, que están construyendo su entendimiento del entorno a otro nivel y se están preparando profesionalmente. Entonces, eso me parecía un reto sensacional. Y también hay una parte de incidencia social y de transformación a través del propio alumnado, que eso es algo que a mí también me ha gustado mucho de mi trabajo.
¿Y lo que menos?
Quizás la estructura. Al final estás en una estructura muy grande y de corte medieval. Lo mejor que tiene es la parte de de docencia y la parte de investigación, que creo que son sensacionales, pero digamos que luego los procesos internos son más trabados. Lo que más me gustaba, sin duda, era la docencia. Nunca he tenido un perfil investigador, aunque hice mis pinitos, pero fundamentalmente lo que me gustaba era dar clases.
¿Hay algún nombre que haya pasado por sus clases que supiera que iba a llegar alto?
No te sé decir, pero, entre otras cosas, porque confieso que creo que no me he aprendido casi ningún nombre, y por ello tengo que pedir disculpas desde aquí a todo el mundo. Me sé algunos, pero sí que he visto personas excepcionales que sabía que iban a triunfar, aunque les estuviese costando aprobar las asignaturas. Eran personas que tenían muchas habilidades relacionales, que sabían concitar personas a su alrededor, capital social que les iba a facilitar tirar hacia adelante. Me gustaban casi todos los alumnos y alumnas.
Le quiero preguntar por la situación de la inteligencia emocional y de las emociones en la sociedad. Se acordará de aquella frase de hace un lustro de que “de la pandemia saldremos mejores".
Ya has visto que no hemos salido mejores para nada. La inteligencia emocional sigue estando vigente, absolutamente, porque están vigentes las personas. Digamos que la inteligencia emocional es una parte consustancial al ser humano, no hay mucho más. Cuando estás estudiándola, cuando la estás desarrollando, cuando tienes elementos de cómo identificar, usar, comprender y gestionar emociones propias y de los demás, estás hablando de un proceso natural que hacemos todos. Transformado en competencias laborales permite una mayor adecuación a dicho ámbito, pero también al desarrollo personal. Es algo transversal a cualquier cosa. Hoy se habla mucho más de la inteligencia artificial y se habla menos de la emocional. Tuvo su efecto moda, y aunque tuvo su punto álgido hace ya unos cuantos años, no deja de ser algo fundamental de lo que te van a hablar en cualquier terapia psicológica. O en cualquier desarrollo de competencias, porque sigue siendo absolutamente necesario.
¿Falta empatía?
Falta empatía y sobra ruido. La inteligencia emocional también tiene un componente relacional con el contexto y con lo que está ocurriendo actualmente. El otro día hablaba con un amigo y le decía que se hablará mucho de toda la incidencia que están teniendo las redes. No hablaba ya ni de la inteligencia artificial, sino de la incidencia que están teniendo las redes y los smartphones, y se verá cuando se empiece a estudiar dentro de unos años y se dé en las aulas como asignatura. Hoy nos está pillando absolutamente de nuevas, y creo que es un elemento que está distorsionando mucho la contemplación del contexto y la gestión de las emociones, sin duda.
Supongo que también afecta la condición económica a las emociones.
A nivel emocional hay dos visiones, y dos planteamientos totalmente diferentes ante la vida si tienes dinero o no lo tienes. Y no hablo de tener muchísimo dinero o muy poco. Hablo de una persona que tiene problemas con el alquiler, o que mete la tarjeta en la cuenta corriente y tiene que mirar cuánto tiene, que a veces le apetece comprar merluza para cenar y no puede. Pues aunque viva bien y tenga su casa, tiene una relación emocional con el contexto muchísimo más tensa. El conjunto de relaciones son muchísimo más tensas que aquella persona que, por suerte, por méritos, o por lo que sea, tenga una tranquilidad económica que le permita comprarse su merluza. No te hablo de tener un yate, te hablo de que no tenga un problema a la hora de meter la tarjeta en el cajero, que pueda pagarle tranquilamente a un hijo una universidad privada si quiere, y que se pueda ir de vacaciones. La relación con el contexto a nivel emocional es tan diferente que yo creo que marca y que separa.
A nivel empresarial, y de manera algo superficial, ¿cómo está la situación de la empatía y la inteligencia emocional dentro de un contexto global?
No creo que sea un elemento que se esté trabajando en la actualidad de forma especial. Depende de los sectores, hay empresas terriblemente duras en el trato, en las que ves cómo se dirige y no terminas de entender cómo están desaprovechando la principal capacidad que tienen, que son las personas. Sigue habiendo empresas tóxicas, pero sé que también hay otros sectores mucho más fundamentados en el conocimiento y en la innovación que están utilizando estos componentes más emocionales, más relacionales, y más competenciales, aquellos que históricamente se han llamado habilidades blandas, para conseguir una mayor pertenencia y que ayudan a aumentar la productividad. Suena fatal, pero hace que se esté más a gusto, que haya menos rotación de personal y que se queden los y las mejores y que quieran dar más de sí. Mi pena es que cada vez estoy más convencido de que hay pocas empresas que lo hagan desde desde el corazón, o desde el convencimiento de que el trato y la relación tiene que ser de una forma determinada y que no estén muy mediadas por el crecimiento, por el beneficio y por la productividad. Yo creo que el sistema capitalista en el que estamos tiene un punto de perversión muy grande en la actualidad, y que la parte de personas, a no ser que que vean claro su instrumentalidad, no tiene ninguna preponderancia.
La última, ¿qué espera que le depare el futuro?
Tranquilidad y autoconocimiento. Una cosa a la que quiero animar en lo que pueda desde aquí, y es una parte de las competencias que es más vieja casi que la Grecia antigua, es el conocerte a ti mismo. Y que a nivel de competencias emocionales es la primera, la del autoconocimiento. Mientras estás funcionando y estás en el ruido y el mundo laboral intentas cuidar la pareja, la relación, los hijos y la hipoteca, y se te va el tiempo. Entonces, yo antes de la prejubilación retomé la terapia, algo que aconsejo a todo el mundo, incluso a los que están más sanos, porque un ratito con un psicólogo o psicóloga viene de perlas. No tengo otra ilusión más que conocerme y estar un poco más en paz conmigo mismo. Tengo perro, tengo pareja y tengo buenos amigos. No quiero nada más. Más autoconocimiento y más paz conmigo mismo. Y a vivir.

