Eider Romero: «Cuando la danza te enriquece y la llevas dentro, la meta la pones tú»
Bailarina
Esta joven bailarina dejó la comarca del Bidasoa siendo una niña para dedicarse a la que es su gran pasión
Primera. Una niña mira con curiosidad una academia de baile en su barrio. Segunda. Con tan solo 9 años entra en el conservatorio donde aprende a tocar el piano y el clarinete y se calza las zapatillas de tela. Tercera. Tres años después la pequeña futura bailarina se traslada a Vitoria para seguir caminando sobre las puntas de los pies. Cuarta. Próximo destino, Burgos. Las zapatillas ya no son de tela, son de madera. Plié. Un hueso de más en el pie intenta truncar el destino de la joven. Relevé. Pasa por quirófano y continúa la transformación. Quinta. Madrid y la escuela de Carmina Ocaña y Pablo Savoye. La transformación está completada. Ya tenemos a nuestro cisne: Eider Romero.
-Nada de cisne negro, nuestro cisne bidasotarra. ¡Eres tú!
-(Risas) Justo 'El lago de los cisnes' es una de mis obras principales. Me encantaría bailar la variación principal, la muerte del cisne.
-De momento, como cisne estás muy viva.
-Bueno, ha sido un camino largo hasta llegar aquí, a Madrid, pero estoy muy contenta. Ha habido altibajos, pero ha merecido la pena.
-Empecemos la función por el principio, ¿el prólogo dónde sucede?
-Tengo un flash siendo muy niña. Recuerdo pasar por una academia de baile que había en la calle San Pedro y mirarla con mucha curiosidad.
-¿Entraste?
-Más adelante fue mi madre la que me dijo: «Pues vamos a mirar a ver qué es esto de la danza». Ahí es cuando conocí a mi primera profesora de danza clásica: Rebeca.
-Estamos colocadas ya en segunda posición, ¿qué viene ahora?
-Pues entonces decidí hacer las 'oposiciones' para entrar en el conservatorio de Irun. Ahí tendría unos 9 años... Todavía no tenía claro lo de la danza, así que aprendí a tocar algunos instrumentos como el piano y el clarinete también.
-Por si los pies no funcionaban...
-(Risas) Bueno, me gustaba la música también. Ya había algo dentro de mí, creo. Mi profesora de entonces, Sonia del Barrio, fue la que vio aptitudes en mí para ser bailarina. Ella fue la primera que me dijo que esto se me quedaba pequeño.
-¿Pero el cisne ya podía volar?
-No sé si volé, pero con 12 años me fui a Vitoria. Era lo más cercano...
-Con sólo 12 años saliste de casa como si fueras una universitaria.
-Más o menos, sí. De hecho, me instalé en una residencia en la que había monjas y universitarias. (Risas) Me acogieron fenomenal, en muchas ocasiones hicieron de madre conmigo.
-¿No pensaste en volver?
-Pues ahora lo recuerdo como algo muy natural. Sí, estaba lejos de casa, pero estaba haciendo lo que más me gustaba.
-Supongo que el apoyo de tus padres sería tan fundamental como las zapatillas de ballet.
-Sin duda, su apoyo y su ayuda ha sido fundamental. Mi madre me ha confesado después que ella pensaba que iba a volver enseguida y mira, ¡aún no he vuelto! (Risas)
-Después de Vitoria, ¿qué?
-Burgos. En Vitoria estuve trabajando muy duro con Carmen Tejero. Date cuenta que ésta es una carrera que requiere mucha forma física. El cuerpo va a lo natural, a una pisada recta, pero nosotros 'transformamos' nuestra pisada.
-La transformación del cisne va poco a poco...
-Pero con constancia. Después de los tres años en Vitoria, me fui a Burgos. Tenía una amiga allí y decidí estudiar en la Escuela Profesional de Danza de Castilla y León. Allí, con Ana Barca, es dónde más he crecido profesionalmente. Y eso que hice la carrera en ocho años y no en siete.
-¿Por qué? ¿Qué pasó?
-Pues que nací con un hueso de más en el pie, con un hueso accesorio.
-Suena complicado...
-Fueron días muy difíciles. Al principio, creían que era una tendinitis. Yo veía que entrenaba duro y que no llegaba al nivel de los demás, me hacía daño o me cansaba antes. Era frustrante. Imagínate, un profesor confía en ti para un papel y...
-¿Cómo conseguiste un 'relevé' y levantarte de este traspiés?
-Me operé y listo. (Risas)
-Pie listo para colocarnos en quinta posición. ¿Qué pasó después?
-En Burgos me becaron para estudiar en una escuela de Madrid.
-¡En la gran ciudad!
-Sí, pero la metodología de la escuela no me gustó demasiado, así que busqué otra y encontré la escuela de Carmina Ocaña y Pablo Savoye. Estoy tan a gusto que aún sigo aquí.
-¿Estudiando?
-De todo. Aquí hay una compañía joven, pero también tengo la oportunidad de enseñar yo. Es otra faceta que estoy explorando ahora y que me está gustando mucho.
-En 'El lago de los cisnes' la transformación del cisne parece fácil...
-El camino ha sido duro, sí, pero cuando llevas la danza dentro, cuando te enriquece, la meta te la pones tú. Me fui de casa pronto y he hecho audiciones casi por medio mundo, pero de todo he aprendido algo.
-Las audiciones, esa es otra función complicada.
-Pues sí. He estado en Grecia, Dinamarca, Alemania... En esas audiciones se han presentado cerca de 300 bailarines, ¡imagínate la exigencia!
-¿Hay algún secreto para superar esas audiciones?
-¡Qué va! En las audiciones solo funcionan el factor trabajo y el factor suerte. De hecho una frase típica entre los bailarines es: «hay que conseguir estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado y con la persona adecuada» (Risas) Es muy difícil. Puedes tener una técnica increíble, pero si para el papel necesitan a alguien que mida 1,70... Si tu mides menos, ¡no te cogen!
-Pero el ballet no es solo técnica, ¿qué me dices de la elegancia? ¿Dónde os enseñan a ser tan elegantes?
-(Risas) No lo sé, eso va dentro. Va ligado a muchas cosas. Yo creo que nace de dentro porque la sensibilidad el bailarín la lleva dentro. ¿Pero sabes para qué sí hay una clase?
-¿Para qué?
-Para atar los lazos de las zapatillas.
-¿De verdad?
-Sí, recuerdo ese día, el día que cambié las zapatillas de tela por las profesionales, las de madera. Es como hacerte mayor.
-Como cuando al cisne le salen las alas...
-Algo así. Nos enseñan a atarnos los lazos porque es algo clave. Cuando te pones las zapatillas de punta, ahí empieza la responsabilidad.
-Y la elasticidad, otra clave.
-Sí, también. Recuerdo practicar y practicar para conseguir levantar la pierna lo más arriba posible.
-En este proceso de transformación, ¿no has echado de menos tu casa?
-Ahora lo pienso y sí que he estado lejos de mi familia y amigas y seguramente me he perdido cosas, pero en el momento fue algo muy natural. No pensaba las consecuencias, era algo que me nacía dentro. Los bailarines necesitamos bailar, aunque estemos lesionados.
-¿Hacía dónde va a volar este cisne ahora?
-De momento en Madrid estoy a gusto, sé que debería de dar el paso al extranjero, pero ya veremos. El mundo de la danza clásica es complicado, no hay muchas oportunidades. Ojalá el público tuviera más opciones de disfrutar de la sensibilidad de la danza clásica porque ahí afuera hay obras maravillosas y bailarinas virtuosísimas. Ojalá llegáramos más al público.
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