La muerte de una persona sin hogar este lunes en el sótano de un edificio de la calle Uranzu de Irun, tras la explosión de una bombona de gas, no es un hecho aislado. Es el último episodio de un patrón que se repite al menos desde comienzos de siglo en Euskadi y Navarra, donde en 25 años, y sin contar el caso de Irun y el de otro hombre que murió en un incendio en una chabola el Donostia el pasado 13 de febrero, se han registrado al menos 22 víctimas mortales por incendios o explosiones en infraviviendas y asentamientos callejeros: espacios que nunca debieron ser habitados por no reunir las condiciones mínimas de seguridad.

Los datos, que se ciñen exclusivamente a incendios no provocados de forma intencionada (homicidios), dejan poco margen para la interpretación: entre 2000 y 2024, trece personas fallecieron en edificios abandonados o instalaciones industriales ocupadas, y otras nueve en entornos aún más precarios, como chabolas, soportales o incluso contenedores. Así lo recoge el informe del Observatorio de Prevención de Riesgos y Accidentes.

“El perfil de los sinhogar ha cambiado: son jóvenes, en su mayoría migrantes, y sin problemáticas previas”

Miguel Ángel Lafuente - Cáritas Gipuzkoa

En conjunto, estos casos suponen el 14% de todas las muertes en incendios en viviendas registradas en ese periodo, una proporción que el propio observatorio califica de “alarmante”, especialmente si se tiene en cuenta que las personas sin hogar representan una fracción residual de la población.

El incendio de Irun encaja plenamente en ese patrón: un espacio subterráneo utilizado como refugio improvisado, con colchones, ropa y enseres acumulados, donde, según vecinos de la zona, ya se habían producido conatos de incendio con anterioridad. 

En este tipo de entornos, el uso de bombonas de gas para calentarse o cocinar es habitual y constituye, previsiblemente, la principal línea de investigación de la Ertzaintza.

Tampoco es casualidad el momento del año. Casi la mitad de las víctimas mortales en incendios se producen entre diciembre y marzo, coincidiendo con los meses de más frío, cuando aumenta el uso de sistemas precarios de calefacción en espacios cerrados y mal ventilados.

Un fenómeno que crece

Pero es que, además, en los últimos años han sido varios y llamativos los casos de incendios sin víctimas mortales, pero con múltiples personas heridas por inhalación de humo y gases tóxicos en edificios abandonados en Gipuzkoa.

Lejos de ser marginal, el sinhogarismo que da pie a esta precariedad habitacional muestra una tendencia al alza. Los recuentos realizados a pie de calle, en el marco de la iniciativa Kale Gorrian, que lidera el Gobierno Vasco, reflejan que en noviembre de 2024 se contabilizaron 524 personas sin hogar en Gipuzkoa, prácticamente el doble que dos años antes.

Además, más de la mitad no duerme en la vía pública visible, sino en espacios ocultos –edificios abandonados, lonjas, garajes o chabolas– especialmente expuestos a este tipo de riesgos.

Cáritas alerta

El secretario general de Cáritas Gipuzkoa, José Emilio Lafuente, ha advertido esta semana en el Parlamento Vasco sobre esta situación de las personas sin hogar: “El perfil ha cambiado y ahora son personas jóvenes, en su mayoría migrantes, sin problemáticas previas.”

Se trata de personas que no responden al estereotipo clásico del sinhogarismo asociado a adicciones o trayectorias de exclusión cronificada. De hecho, Lafuente subraya que “tres de cada cuatro personas en exclusión grave están activas”, participando en procesos de inserción, pero sin acceso a una vivienda.

“Es fundamental intervenir antes, evitar que las personas lleguen a la calle”

Miguel Ángel Lafuente - Cáritas Gipuzkoa

El problema, más allá del riesgo de incendio, advierte, es que la permanencia en la calle acelera el deterioro de las personas: “La calle deteriora mucho; cuanto más tiempo se permanece en ella, más difícil es salir.”

El diagnóstico es claro para Cáritas: el sinhogarismo ya no puede entenderse sin el problema de acceso a la vivienda. Y el caso de Irun ilustra cómo esa cadena desemboca en tragedia.

El uso de bombonas de gas, instalaciones precarias o la acumulación de materiales inflamables forma parte de la vida cotidiana en estos espacios improvisados. No es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más extendido.

Y, como advierten desde Cáritas, exige un cambio de enfoque: “Es fundamental intervenir antes, evitar que las personas lleguen a la calle.”

Porque cuando lo hacen, muchas acaban refugiándose en lugares que nunca fueron pensados para vivir. Y donde, como muestran los datos, el riesgo de morir en un incendio se multiplica.