LUIS MARIANO, IRUNÉS POR VOLUNTAD, SIN MALANDRINES NI PELAFUSTANES

En Irun, las cosas importantes no suelen anunciarse con trompetas. Se hacen, y punto. Por eso, el 14 de julio, el Ayuntamiento de Irun volvió a rendir homenaje a Mariano, como quien cumple un deber natural, sin aspavientos, sin retórica hueca. Allí estaban los de la Asociación Lírica Luis Mariano, con Mikel Martínez y Ángel Pazos, gente de oficio y constancia, sosteniendo la memoria del artista como se sostiene una lámpara en un pasillo oscuro: con firmeza y sin necesidad de discursos. Y la familia, la de más allá del Bidasoa.
Luis Mariano fue irunés por voluntad, que es la única manera seria de ser algo en esta vida. Su madre vino desde Burdeos para que naciera aquí, y ese gesto basta para entender la raíz del personaje. No era hombre de grandes proclamas, pero sí de fidelidades silenciosas. En Sara aprendió a mirar la cultura vasca sin romanticismos de postal; en Eresoinka descubrió que el arte también puede ser una forma de resistencia.
La gente de Irun lo recuerda con una mezcla de afecto y orgullo. No por mitomanía, sino porque Luis Mariano tenía esa extraordinaria capacidad artística que no necesita explicarse, y una cercanía que hacía fácil estar con él. En el Alambiq del llorado José Luis Azkue, entre vasos, humo y conversaciones que se iban por las ramas, Luis Mariano siempre estaba en el recuerdo. Era uno más:
Claro que hubo una mancha, una sola, provocada por un manojo de malandrines comandados por un pelafustán. Gente de esas que Baroja habría despachado en dos líneas, sin perder tiempo. Aquello no tuvo nada que ver con Irun, ni con los iruneses que saben distinguir la bajeza del carácter de la dignidad del oficio.
El 14 de julio es una fecha que se repite como un eco. Ese día, en París, Luis Mariano murió. Y ese mismo día, cada año, Irun vuelve a recordarlo. No por obligación, sino porque hay vidas que dejan una huella que no se borra con el calendario. Baroja habría dicho que Mariano fue “un hombre cabal, sin alharacas, que hizo lo que tenía que hacer”. Y eso, en esta tierra, vale más que cualquier monumento.
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