NAVIGIUM ISIDIS: IRUN SE DEJA ENVOLVER POR EL PULSO ANTIGUO DE OIASSO

Hay días en los que Irun parece caminar con dos tiempos: el presente que avanza con su ritmo cotidiano y otro, más profundo, que emerge desde las capas antiguas de la ciudad. La jornada grande del Dies Oiassonis tuvo precisamente ese efecto. Bastaba acercarse al Ensanche para sentir que algo se estaba despertando, como si la vieja Oiasso hubiese decidido asomarse de nuevo a la superficie.
La procesión del Navigium Isidis, convertida ya en el emblema indiscutible del festival, reunió a decenas de personas que avanzaron con solemnidad ritual. Soldados de la Legio V, recreadores de la Asociación Oiasso y ciudadanos que, por unas horas, parecían haber recuperado la identidad romana que duerme bajo la ciudad. No era solo una marcha: era una escena que Irun reconocía como propia, un gesto de memoria colectiva.
El cortejo partió desde la plaza del Ensanche y recorrió San Juan y el Museo Oiasso entre vítores a la diosa Isis, protectora de la navegación y símbolo de tránsito entre mundos. La ciudad respondió con una mezcla de curiosidad y respeto, como si cada paso de la comitiva fuese una invitación a recordar que Irun también fue puerto, también fue frontera de imperios, también tuvo dioses que llegaban desde Egipto para proteger a sus navegantes.
Al caer la tarde, la procesión alcanzó el canal de Dumboa, donde se celebró la Ploiaphesia, el rito final. Allí, en ese punto donde el agua recoge la luz del anochecer, la ceremonia adquirió su tono más íntimo. La nave simbólica, entregada a Isis, parecía flotar entre dos tiempos: el de la ciudad moderna que observa y el de la antigua Oiasso que, por un instante, vuelve a respirar.
Este sábado ofreció también los combates de gladiadores del Circus Máximus, los puestos de artesanía y alimentación, y la ruta del pintxo que llenó de aromas las calles. Hoy, en la jornada final, talleres, recreaciones y la última sesión de gladiadores completan un programa que ya ha dejado su huella.
Porque el Dies Oiassonis no es solo un festival: es una forma de reconocerse. Una manera de recordar que Irun, antes de ser lo que es, fue otra cosa. Y que, cuando la ciudad se deja envolver por el rumor antiguo del Navigium, ese pasado no es arqueología: es identidad.
Foto J. Echeverria
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