Cuando veo el rostro de Nagore cada año en el homenaje que le hacen en Iruñea antes de los sanfermines, me parece más joven. Una falsa percepción fruto de los ojos que la observan y que sí han envejecido en estos 18 años, tantos casi como los que tenía entonces Nagore, cuando murió estrangulada por negarse a mantener relaciones con Diego Yllanes. Él también ha podido envejecer, a diferencia de Nagore, cuyo rostro permanecerá inmutable.

Hoy nos queda el semblante de su madre, que refleja el sufrimiento de todo este tiempo, pero también la heroicidad de quien decidió, sin pretenderlo, convertirse en un símbolo de la lucha frente a la violencia contra las mujeres. Asun Casasola sigue contando a quien quiere escucharla lo que ocurrió, en la creencia de que la muerte de Nagore pueda ayudar a las nuevas generaciones de mujeres y hombres a entender las relaciones sin violencia. La movilización social posterior fue determinante y, con la vista atrás, está claro que el camino que abrió la respuesta ciudadana al asesinato de la joven de Irun tuvo mucho que ver con el punto de inflexión que supuso el golpe en la mesa de la sociedad frente a la agresión sexual de La Manada, del que han pasado diez años. No debieron ocurrir, pero sucedieron. Sin embargo, la acción colectiva logró cambios que parecían difíciles de imaginar siquiera y hoy somos más libres. No demos un paso atrás, se lo debemos a ellas.