A las 6.00, la Diana de Villarrobledo ha desatado la locura en San Juan. Con puntualidad irundarra, al menos en este señalado día, la Banda del Alarde tradicional ha hecho sonar tras la primera campanada las primeras notas de la diana, ante la multitud que abarrotaba la plaza. El silencio sepulcral previo pasó, en un abrir y cerrar de ojos, a la alegría, la emoción y los llantos de la gente congregada a los pies del Ayuntamiento de Irun, que no paraba de saltar en un espacio en el que no cabía un alfiler.

Mientras, las compañías iban llegando a la plaza Urdanibia tras recoger a sus respectivas cantineras. Todas ellas estaban en una nube, con una sonrisa de oreja a oreja y, seguramente, habiendo tenido dificultades para conciliar unas horas escasas de sueño. Muchos soldados esperaban en la propia plaza, otros huían a los establecimientos hosteleros aledaños. Los huevos fritos con patatas y jamón eran el plato estrella a las siete de la mañana.

Mientras, las aceras ya estaban llenas de gente, muchas desde el día anterior esperando para ver a familiares, amigos y parejas. También a esos conocidos de los que te acuerdas una vez al año, irrelevantes durante 364 días, pero imprescindibles el 30 de junio. Son días de costumbres.

A escasos minutos de las 7.40 horas, ha vuelto el silencio a las calles de Irun. Se acercaba uno de los momentos mágicos del 30 de junio. Cualquier pequeña tos generaba incluso incomodidad y malestar. Puntual, Kimetz Esnaola ha roto esa calma. El nuevo cornetín ha dado orden de comenzar una nueva edición del Alarde tradicional. Y el entorno de Urdanibia ha explotado de júbilo. Los hacheros marcaban un paso veloz, y tras ellos los soldados enfilaban la calle San Marcial. En este día, la pronunciada cuesta no parece tan empinada. Casi 7.000 soldados han recorrido las calles de Irun.

Una vez subida la pendiente, la plaza San Juan se llenaba de soldados bajo la atenta mirada, entre otras, de la alcaldesa de la ciudad Cristina Laborda. De los ojos de alguna cantinera brotaba alguna lágrima, como en el caso de la cantinera de Meaka, Maialen Legorburu. Respecto a los soldados, muchos permanecían en la plaza, mientras otros huían a refrescarse. El calor empezaba a hacer mella.

Protesta

La entrada del general ha estado marcada por una protesta de tamborrada, que se ha dado la vuelta cuando Javier García Nieto ha hecho acto de presencia. Esta situación es derivada de la sanción por dos años al tambor mayor. Su sustituto, Gonzalo Fernández de Casadevante por la normativa interna de la compañía al haber ocupado el cargo hasta 2020, ha portado un crespón negro en la makila, como símbolo de desacuerdo por las decisiones adoptadas por la Junta del Alarde.

En el discurso a los capitanes al recoger la bandera, Javier García Nieto ha querido mandar un mensaje de unidad a pesar de la tensión vivida durante los últimos meses: “Vamos a hacerlo bien, es nuestra obligación. Disfrutemos del Alarde, y hagamos disfrutar a las cantineras y a la gente que está en las aceras. Podemos hacerlo, y hagamos que San Marcial se sienta orgulloso de su Alarde”.

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Tras las pertinentes descargas en San Juan, las filas han vuelto a formarse para la siempre imponente bajada al Juncal. Ahí esperaba Francisco Cansado con el pendón, emocionado, responsabilizado y nervioso. Un honor para representar el 125 aniversario de la compañía San Miguel. Realizados los habituales actos, empezaba el último tramo hacia la plaza Urdanibia, tras recorrer unos metros de la calle Mayor, ya repleta de gente, reservando su espacio para la tarde.

Las compañías rompieron filas tras hacer el recorrido hasta la plaza Urdanibia. Los mandos y cantineras subieron al monte, junto a otros devotos del Alarde. Otros, la mayoría, optaron por la opción popular del almuerzo, en cuadrilla, en familia o en ambas intercaladas. La plaza Ensanche y sus aledaños se convirtieron en el epicentro de la fiesta antes de la hora de la comida. Pero aún falta el segundo asalto. A las 18.25, las calles volverán a gritar “gora Irun! Gora San Martzial!”.