ANA MARI GAZTELUMENDI ACERO, LA MUJER QUE CAMINÓ IRUN CON TACONES, MÚSICA Y VERDAD

En Irun hubo mujeres que no necesitaron proclamarse nada para serlo todo. Ana Mari Gaztelumendi Acero pertenece a esa categoría discreta y esencial: la de quienes sostienen una ciudad sin pedir reconocimiento. Su vida, hecha de trabajo, música, amistad y carácter, es una de esas biografías que explican mejor que cualquier discurso qué significa ser de Irun
Su formación empezó en Hendaya, en la escuela de Suertegaray, donde estudió con esa disciplina silenciosa que siempre la acompañó. Allí coincidió con otra irunesa de carácter y liderazgo: María Josefa Echeverría Chantre, hija de Vicente Echeverría, del caserío Lastaola. Dos mujeres jóvenes, firmes, inteligentes, que entendieron pronto que la educación no era un trámite, sino una herramienta para sostenerse en la vida. Dos mujeres de carácter, sin estridencias, sin alardes, sin necesidad de demostrar nada porque ya lo demostraban todo.
Pero la vida de Ana Mari se definió en el lugar donde tantas vidas irunesas encontraron su pulso: el Bar Gaztelumendi. Allí atendió, ordenó, escuchó, y sostuvo. La que convirtió un bar en una casa y una casa en un punto de referencia. En el viejo Irun, ser profesional en el Bar Gaztelumendi era más que un oficio: era una forma de representar a la ciudad.
En 1954, pudo haber sido Cantinera de la Banda. Tenía el garbo, la presencia y el respeto de la ciudad. Pero el Gaztelumendi era una casa que no se dejaba sola, y las obligaciones profesionales —las de verdad, las que sostienen una familia y un negocio— se lo impidieron. Dos años después, en 1956, Irun corrigió aquella ausencia: Ana Mari fue Cantinera. Y no una cualquiera: una de esas que dejan recuerdo. Tenía mundo, tenía estilo, tenía esa forma de andar que hace que la gente se aparte un poco para verla pasar. Y sí: Entendió que el Alarde no era un desfile, sino una forma de estar en Irun.
La música fue su otro territorio. Profesora de primer nivel, amiga íntima del pianista Ricardo Requejo, colaboradora extraordinaria del Coro Ametsa, especialmente junto a su amigo Fernando Etxepare, Ana Mari enseñó con la misma claridad con la que vivía: sin solemnidad inútil, sin pretensiones, sin complicar lo que no lo necesita. Para ella, la música era disciplina, cortesía y una forma de estar en el mundo. En eso coincidía con Teodoro Murua, otro nombre que sostuvo la Banda cuando la Banda era algo más que instrumentos: era una institución moral.
Y llegó 1961, año en que obtuvo el Primer Premio de Música de Cámara del Conservatorio de San Sebastián. Lo celebró como celebran las mujeres de verdad: sin aspavientos, sin discursos, sin convertirlo en epopeya. Lo comentó en casa, lo compartió con quien debía saberlo, y siguió trabajando. En Irun, ese tipo de grandeza silenciosa siempre ha tenido más valor que cualquier medalla.
Su vida está llena de episodios que explican su carácter. Cuando obtuvo el permiso de conducir, compró un Mini. Y un día, con tres alumnas camino del Conservatorio de San Sebastián para un examen decisivo, se encontró con un obstáculo para aparcar. No dudó: se acercó a un taxista y le pidió que le aparcara el coche. “Las chicas tienen que aprobar”, dijo. Y el taxista, entendiendo que había allí una mujer que no pedía favores sino soluciones, lo aparcó. Las alumnas aprobaron. Naturalmente.
Todavía tomaba el aperitivo en el Sargia, como quien mantiene un rito que no necesita explicación. Allí, entre las Gaztelumendi, Juncal Echeveste, Maite Arruti, Polola y ese pequeño universo humano que sostiene el viejo Irun, Ana Mari era presencia tranquila, conversación justa, memoria viva. Todo bajo la dirección amable y firme de Joseba Lopetegi, hijo de Juanita Ribera, de Ibarla, que lleva el Sargia como se llevan las casas que tienen historia: sin alardes, pero con respeto. Y cuando llegó el día de despedirla, Marisa Etxepare, hija musical del Ametsa, cantó en su entierro. Cantó con esa voz que no necesita adjetivos porque los desborda. Una voz que no acompaña: consuela. Una voz que no adorna: honra. Irun entendió entonces que no se despedía solo de una mujer, sino de una forma de estar en la ciudad.
Ana Mari pertenece a esa generación que hizo de la vida social irunesa un tejido real, no una postal. Conversó, acompañó, celebró, discutió y volvió a celebrar. Su vínculo con la familia Gaztelumendi, su condición sanmarcialera, su cultura amplia y su manera de estar en la ciudad sin reclamar protagonismo, la convirtieron en algo que Irun reconoce sin necesidad de decirlo: De las que sostienen la memoria sin hacer ruido. De las que representan a la ciudad sin pedir permiso.
Ana Mari no fue símbolo. Fue esencia. Y en una ciudad que a veces olvida lo que la hizo grande, conviene recordarlo. Descansa en paz amiga.
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