MAYI SANTOS JUANES, LA TXAPELDUNA QUE GUARDA LA MEMORIA DE LA CALLE MAYOR

Hay personas en Irun que no necesitan presentación porque su nombre, dicho en voz baja, ya trae consigo una calle, una época y una manera de estar en el mundo. Mayi Santos Juanes es una de esas figuras que el barrio reconoce sin necesidad de ceremonias, aunque esta vez la ceremonia —la entrega del Txapelaundi Saria— haya servido para poner en palabras lo que la Parte Vieja sabía desde hace décadas: que hay vidas que sostienen a un barrio entero sin pedir nada a cambio.
La mañana de Ama Shantalen amaneció con esa luz que parece hecha para las cosas importantes, y quizá por eso la txapela, grande y solemne, La reoogió María Juncal "Mayi"como caen las cosas que llegan a su sitio natural. Porque Mayi, que ha vivido en la misma casa de la calle Mayor durante 82 años, no ha sido solo vecina: ha sido memoria, compañía, consuelo y, sobre todo, esa forma de entereza tranquila que en Irun siempre ha tenido más valor que cualquier discurso.
El presidente de la asociación, Koldo Susperregi, recordó que Mayi se educó “con doña Cristina y don Mariano”, en aquellos tiempos duros en los que la infancia se hacía en la calle y la vida se aprendía mirando a los mayores. Y mientras hablaba, uno no podía evitar que la memoria hiciera su trabajo, porque Mayi Santos Juanes no es solo la mujer que hoy recibe una txapela: es la que enviaba una opilla al centro de trabajo de quienes no tenían madrina, gesto sencillo y enorme que decía más de ella que cualquier homenaje.
Y detrás de Mayi está su familia, que es también parte de la historia íntima de Irun. Su hijo Fernando, siempre a su lado. Su padre, aquel republicano recio, uno de los padres de la izquierda irunesa cuando ser de izquierdas costaba lo que costaba, cuando las ideas se defendían sin micrófonos y con consecuencias. Su hermano, jugador de trinquete en Behobia, empleado de banca, hombre de sábado y rebote. Y su marido, Javier Urtizberea, Xurdo, clásico del Irun tradicional, de Palmera y Eurotools, fiel a la plaza de Urdanibia como quien es fiel a una patria pequeña y suficiente.
Por eso, cuando Mayi dijo que no había hecho “nada especial”, el barrio sonrió con esa sonrisa que se reserva para las personas que no saben que han hecho mucho. Porque en Irun, lo especial nunca ha sido lo grandilocuente, sino lo constante: abrir la puerta, ayudar al vecino, sostener la calle, mantener la dignidad incluso cuando el mundo parecía inclinarse hacia otro lado.
La mañana avanzó entre música y memoria. El Coro Atzokoak abrió el acto y lo cerró después, con esa manera de cantar que no busca protagonismo, sino acompañar, como quien sostiene la emoción sin que se note. Y cuando la misa terminó y la gente empezó a salir a la plazoleta, ocurrió eso que solo pasa en Irun cuando el barrio se reconoce a sí mismo: decenas de personas llenaron la explanada de la ermita, como si quisieran asegurarse de que la jornada no se escapara demasiado rápido. Allí estaban la alcaldesa, Cristina Laborda, y los tenientes de alcaldesa Gorka Álvarez Aranburu y Sergio Javier, mezclados entre la gente sin mayor protocolo, porque en estas celebraciones el cargo pesa menos que la vecindad.
Luego llegó el ágape, sencillo y agradecido, pensado más para estirar el encuentro que para alimentar, para que la gente pudiera acercarse a Mayi Santo Juanes y felicitarla sin prisa, con esa mezcla de cariño y respeto que solo se reserva a quienes han hecho barrio durante toda una vida. Fue un momento de esos que no salen en los grandes titulares, pero que explican mejor que nada por qué la Parte Vieja sigue siendo lo que es: un lugar donde la historia se escribe entre saludos, abrazos y conversaciones que duran lo que tienen que durar, ni más ni menos.
La txapela, en realidad, no premia un gesto, sino una manera de vivir. Y Mayi Santo Juanes, con su humor, su bondad y esa forma de estar sin ruido, ha sido durante décadas la prueba de que los barrios no se construyen con grandes palabras, sino con personas que, como ella, han entendido que la vida compartida es la única que merece la pena.
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