JAVIER LASAGABASTER ECHARRI, LA LUZ TRANQUILA QUE AYUDÓ A PENSAR IRUN

Hay vidas que no se explican: se despliegan. No avanzan como una cronología, sino como una corriente lenta y profunda que va modelando, con paciencia de río, el paisaje humano que las rodea. La de Javier Lasagabaster, nacido en la vecina Pasaia y arraigado en Irun desde aquel 1970 que ya pertenece a otra era, es una de esas vidas que no se cuentan: se reconocen. Porque en su trayectoria —profesional, pública, íntima— late una forma de estar en el mundo que rehúye la estridencia y abraza por encima de cualquier cuestión la responsabilidad moral. Sobre todo como servidor público.
Abogado, esposo de Begoña Olazabal- cantinera de la compañia Real Unión en 1957- padre de seis hijos, Lasagabaster fue siempre un hombre de convicciones serenas, de esos que no necesitan levantar la voz- la tenía firme y con las cuerdas tensadas- para que la ciudad los escuche. Su nombre aparece, una y otra vez, en los pliegues de la historia reciente de Irun: en la fundación de la Ikastola Txingudi, en la restauración del Molino y del Palacio de Urdanibia, en aquel Estudio sobre el medio físico de la Bahía de Txingudi que anticipó —con décadas de ventaja— la sensibilidad ecológica que hoy consideramos imprescindible. Fundamental.
Y aparece también en la propuesta —audaz, limpia, profundamente ética— de transformar las Islas del Bidasoa en un espacio comunitario, cultural y natural: el Parque de las Islas. Santiago, Hiru Kanale y Galera. Aquella idea no era solo urbanismo: era amor al territorio, una forma de decir que la ciudad también se construye cuidando sus orillas. Allí observaba las gabarras del Bidasoa, él fue el último gabarrero, con la complicidad de Joxekin, Mangantxa, Lecuona, Hilario el angulero, Igiñiz, y tantos otros. Jaime Rodríguez Salís se encargaba de ser introductor de embajadores, con la ayuda de la histórica Pepi Setién.
Pero si algo define su paso por la vida pública es su capacidad para ver antes que los demás. Cuando el Acta Única Europea anunció la desaparición de las aduanas y el futuro económico de Irun quedó suspendido en un silencio inquietante, Lasagabaster no se resignó: promovió la Nueva Zona Aduanera de Irun S.A., germen de lo que hoy es ZAISA, uno de los motores de empleo y actividad de la ciudad. Él, y otras personas, hoy casi fagocitadas generalmente por la envidia. En aquel gesto —tan técnico como profundamente humano— se revela su manera de entender el compromiso: no como un deber, sino como una responsabilidad moral hacia la comarca del Bidasoa.
Su relación con la vida cultural irunesa fue igual de intensa. Miembro de LUKT, representante en el Consejo Asesor de Urbanismo, presidente del Coro Ametsa, vicepresidente de Arkeolan, consejero del Museo Romano Oiasso, colaborador de Urdanibia Edciones, Lasagabaster vivió la cultura no como adorno, sino como una forma de respirar. Y en su paso por el Gobierno Vasco, junto a Carlos Garaikoetxea, dejó la misma impronta de rigor y serenidad que caracterizó toda su obra.
Humanista de referencias universales —empezando por Etxenike, su brújula moral—, urbanista de prestigio, ideólogo temprano de los bide-gorris, último gabarrero del Bidasoa con permiso de aquellos personajes que ya pertenecen a la mitología local, Lasagabaster encarna esa figura tan rara y tan necesaria: la del ciudadano que trabaja sin esperar aplausos, que construye sin reclamar autoría, que deja huella sin pretenderlo. Además fue un luchador implacable contra el franquismo, discreto y eficaz.
Por eso, cuando el Casino de Irun con José Antonio Murga al frente decidiió otorgarle el título de ITV, no estaba premiando una carrera: estaba reconociendo una forma de estar en la ciudad. Una forma que combinaba la discreción con la eficacia, la cultura con el compromiso, la técnica con la ternura. Una forma que, en definitiva, nos recuerda que Irun también se ha construido gracias a hombres como él: silenciosos, constantes, profundamente decentes.
Y así, en este tiempo que corre demasiado deprisa, la figura de Javier Lasagabaster permanece como permanecen las cosas esenciales: sin ruido, sin prisa, sin sombra. Con la luz tranquila de quienes han sabido —y querido— pensar la ciudad. Descanse, don Javier.
Imagen: Javier Lasagabaster Olazabal
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