DEL GATO NEGRO DE LORCA AL EMBAJADOR DEL BIDASOA: ARTALEKU ABRAZA A UNAI EMERY

Entre la leyenda de aquel gato negro —con los recordatorios de Fernando Urtizberea— que acompañó a Emery en su camino al ascenso, los conejos que aguardaban escondidos en Gal para celebrar una clasificación unionista y la emoción de un Artaleku puesto en pie, Unai Emery regresó este sábado a casa. No como el entrenador que conquistó Europa ni como el propietario del Real Unión, sino como uno de los grandes embajadores del Bidasoa, un hombre que nunca ha dejado de llevar consigo el nombre de la comarca allá donde lo han llevado el fútbol y la vida. Hay homenajes que distinguen una carrera y homenajes que celebran una pertenencia. El que el Irudek Bidasoa rindió a Unai Emery en Artaleku tuvo mucho de lo segundo. El pabellón irundarra se levantó para reconocer a uno de los hijos más universales de esta tierra, a un entrenador que ha construido una trayectoria extraordinaria en los banquillos europeos sin romper nunca el cordón emocional que lo une a Hondarribia, Irun y al conjunto de la comarca.
La escena tuvo algo de regreso al hogar. Emery apareció sonriente, cercano, dispuesto a detenerse en cada saludo y en cada fotografía. Recibió de manos de Gurutz Aginagalde una camiseta firmada por toda la plantilla bidasotarra y se la enfundó inmediatamente, entendiendo que aquel gesto representaba mucho más que un simple obsequio. Era el abrazo de una afición y de un territorio.
Después llegaron las palabras y ahí apareció el Emery más reconocible. El hombre de fútbol dejó paso al hombre del Bidasoa: el de su amatxo, su hijo y su hija, su compañera, las gabarras, las angulas de Behobia con sus faroles, los salmones, el Stadium Gal, Onyarbi, los alardes, los arrantzales, las aduanas, Decoexsa, la ikastola, Koldo, Andoni, Igor, sus amigos… Habló de sus raíces, de Hondarribia, de su vinculación con Irun y de la capacidad que tiene esta comarca para proyectar sus valores más allá de sus límites geográficos.
Reivindicó los tres grandes símbolos deportivos del territorio, el Real Unión, la Ama Guadalupekoa y el Bidasoa, y quiso detenerse en quienes hoy mantienen viva la llama del club irundarra. En Artaleku estaban los tres presidentes: Gurutz Aginagalde, Joxemi Elduayen e Igor Emery. En un discurso sincero, reconoció expresamente el trabajo de Gurutz Aginagalde y Julen Aginagalde, dos figuras fundamentales en la reconstrucción y el crecimiento de la entidad.
Emery, acostumbrado a recibir reconocimientos en los grandes escenarios europeos, quiso repartir méritos y señalar a quienes han contribuido a devolver al Bidasoa a las posiciones de privilegio del balonmano español y continental. Fue un gesto elegante y significativo. El reconocimiento de alguien que entiende que las grandes historias deportivas se construyen siempre desde el esfuerzo colectivo.
Mientras hablaba, la memoria viajaba inevitablemente hacia otros tiempos. Porque mucho antes de las finales europeas, del Aston Villa o de las noches continentales, hubo un joven entrenador que se cruzó en el camino del Real Unión. Eran los años de las promociones imposibles, de los viajes interminables y de las historias que terminaban convirtiéndose en leyenda. Aquel Lorca de Unai Emery se instaló para siempre en la memoria de los aficionados unionistas. También en la de Fernando Urtizberea.
Y alrededor de aquel equipo nació una historia difícil de olvidar: la del famoso gato negro de Lorca. Una de esas supersticiones que el fútbol alimenta hasta convertirlas en relato popular. El animal terminó siendo un símbolo de aquella aventura murciana, una presencia casi mágica que acompañaba a un conjunto que parecía avanzar impulsado por una confianza inquebrantable. Aquel gato negro se paseó por la tribuna, con Fernando Urtizberea como contador de noticias en Radio Irun.
En Irun tampoco faltaba imaginación. Para la vuelta en Gal existía incluso un plan preparado para festejar una clasificación del Real Unión. Había conejos listos para ser soltados a falta de pocos minutos para la conclusión del encuentro. La anécdota ha sobrevivido durante años porque resume a la perfección el ambiente que rodeaba aquella eliminatoria. La ciudad vivía instalada en la ilusión y nadie quería perder la oportunidad de celebrar una noche histórica.
Pero los conejos nunca llegaron a salir. No hizo falta, porque apareció Ramos para romper los esquemas de toda una afición irundarra. El fútbol decidió escribir su propio guion y convertir el partido en una de esas historias que el tiempo conserva intactas. Los conejos quedaron esperando, convertidos para siempre en una de las leyendas menores del viejo Gal, mientras la realidad superaba cualquier celebración imaginada.
Quizás por eso el homenaje de Artaleku tuvo una carga emocional especial. Porque bajo los aplausos convivían dos tiempos distintos: el presente del entrenador admirado en toda Europa y el pasado de aquel joven técnico que se cruzó con el Real Unión en una eliminatoria envuelta en supersticiones, gatos negros y celebraciones que nunca llegaron a producirse. Aquel muchacho es hoy una referencia mundial de los banquillos. Pero sigue siendo también el futbolista que participó en el último partido del viejo Stadium Gal, el rival que conoció de cerca el carácter competitivo del fútbol comarcal y el vecino que nunca ha dejado de sentirse parte de esta tierra.
Cuando terminó el homenaje y el balón volvió a ocupar el centro de la escena, quedó la sensación de que Artaleku había celebrado mucho más que una trayectoria deportiva. Había homenajeado una manera de entender el éxito: la de quien conquista Europa sin olvidar de dónde viene; la de quien atraviesa fronteras sin perder las raíces; la del hombre que un día se encontró con la leyenda de un gato negro y con Fernando Urtizberea en Lorca y que hoy, convertido en embajador universal del Bidasoa, sigue regresando a casa para encontrarse con los suyos.
FOTO: TELEDONOSTI
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